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Las Chorreras, el paraíso perdido de Boyacá

martes, 17 de enero de 2017

Las Chorreras, el paraíso perdido de Boyacá Las Chorreras. [+] Ampliar Imagen

Chiquinquirá, 17 de enero del 2017.


Son casi las 6 de la mañana en Chiquinquirá-Boyacá, y la mayoría de sus residentes que conocen y saben del paraiso perdido de su municipio, se levantan media hora atrás con la ilusión y el sueño de visitar este lugar muy especial.

Este sitio, de acuerdo con los profesores Oscar Martínez y Consuelo Ortiz, es un lugar encantador lleno de agua, bosque, fauna y aire puro, es decir, un paisaje lleno de vida. Se trata de Las Chorreras, dos cascadas de aproximadamente 40 metros de altura, distantes unos 300 metros entre si y que adornan la quebrada “El Roble”, ubicada en la vereda Velandia, jurisdicción del municipio de Saboyá.


Para llegar allí, los turistas deben primero tomar un vehículo hasta el perímetro urbano de dicha localidad, que no tardará más de 15 minutos por una vía nacional perfectamente pavimentada. Desde allí, se emprende la ruta destapada en busca del paradisiaco lugar.


Oscar es un joven educador, un hombre al que le gusta la naturaleza y está muy pendiente de ella. Creó una cuenta en Facebook en la que muestra, a través de notas escritas y fotografias, todo el encanto que encierra su vereda y toda la riqueza ambiental de su municipio y la región.


Por su parte, la profesora Consuelo está vinculada hace unos cuantos años con la Normal Superior de Saboyá y es también una enamorada del medio ambiente, tema que inculca con frecuencia a sus estudiantes, a pesar de dictar la catedra de sociales.


Miran el reloj y son casi las 6:30 a.m. Oscar y Consuelo se tomán el primer tinto de la mañana en una caseta cerca al lugar del encuentro. Hablan de temas muy pasajeros, pero después de degustar el café, se concentran en lo fundamental de esta historia: las hermosas Chorreras.


Todo el que llega allí se prepara de la mejor forma: ropa ligera, una gorra, protector solar, tenis especiales para soportar la caminata y un morral en el que no pueden faltar agua, algo de cereal y una prenda de repuesto para el final de la jornada, que podrían ser unas tres horas después del inicio de la caminata.


El terreno, que lleva hasta el sitio señalado, es destapado y quebrado, pero es un gran desafío para que los turistas lo sorteen con entusiasmo y convicción.


Los guías inician la joranda y cada metro que avanzan se dislumbra lo frondosa y generosa que es la naturaleza por el sector. El aire puro que se respira se nota desde el inicio. Las especies de vegetación que se encuentra cerca y se divisa a lo lejos, son muestra de la riqueza paisajística.


Por cada paso, se percibe el trinar de los pajaritos; una prueba fehaciente de vida, que permité un encuentro espiritual.


Luego de 50 minutos de iniciar la travesía, Oscar anuncia que está cerca. En efecto unos 10 minutos después se escucha el ruido característico de una caída de agua.


Ante los ojos de los turistas o residentes, no importa su origen, color o raza se abre como por encanto una ventana a través de la cual se divisa un panorama de inigualable belleza: la primera de las dos majestuosas chorreras.


Consuelo indica que ha llovido en las últimas semanas y eso las hace ver hoy más imponentes, raudas, caudalosas. La caída de agua forma una especie de lago de aguas limpias y cristalinas que resultan ser hoy en día un aliciente a la dura realidad del medio ambiente en otros lugares: aguas contaminadas y escasas.


Los guías de este aventura descansan un poco, pero lo que realmente hacen es vivir la sensación del espectáculo. Toman impulso y siguen caminando. Un poco más adelante, una nueva caída de agua de unos 40 metros será el premio al esfuerzo físico.


“Las Chorreras” son un motivo más para aprender a querer, respetar, admirar, cuidar y, sobre todo, proteger nuestra bondadosa naturaleza; un lugar cercano, pero afortunadamente algo escondido, para que se siga conservando por siempre.

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