La recuperación ambiental con un nuevo Porvenir

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hace 3 meses

Bogotá, 25 de mayo de 2021.

 

Alexander Macías Gómez, pertenece a una de las 125 familias beneficiadas del proyecto de reubicación del barrio El Porvenir, a orillas del río Bogotá; una nueva urbanización construida gracias a un convenio entre la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) y la alcaldía de Mosquera.

Con la mirada perdida en el horizonte recuerda como en una mañana del 8 de abril de 2016 llegó con su esposa y una hija de ella a este lugar que le cambió la vida; atrás quedaron años plagas, roedores y mosquitos que pusieron a prueba su tolerancia. Ese día dejó el “cambuche”, acomodó colchones y enseres en una carreta y luego de un recorrido de una hora se instaló en la casa 101 de la nueva urbanización.

Algo similar sucedió con más de un centenar de trabajadores del reciclaje quienes durante más de treinta años convivieron en una zona subnormal y en condiciones de marginalidad.

La  llovizna de esta mañana forma un pequeño riachuelo en la huella que dejó la rueda de una bicicleta y pinta con puntitos plateados las hojas de la mata de ruda (símbolo de buena suerte) que decora la entrada a la vivienda. Desde la cocina llega un tibio aroma de café. María Edilma Camacho, su compañera de lucha, prepara el desayuno, mientras que del patio de ropas que da a una zona verde, llega una brisa fresca acompañada de un canto mañanero de pajarillos tan madrugadores como Alexander.

Esta es la renovada atmósfera del conjunto residencial, un entorno distante del caos, la inseguridad, los malos olores, la insalubridad del caserío empotrado a orillas del río Bogotá, que ahora solo son recuerdos que se diluyen con el paso de los días, amarguras que se traducen en anécdotas que prefiere dejar allá lejos, en el jarillón que a fuerza de las circunstancias fue su casa.

Alex ofrece “un tintico” para calentar la mañana, un instante que disfruta antes de salir al trabajo en la bodega donde separa la basura. “Este es mi vehículo de transporte, en el que yo salgo a rebuscar la vida. Me voy hasta Mosquera, Funza y regreso”, dice mientras empuja el carrito atiborrado de cartones y latas de cerveza vacías.

Una vez terminada la recolección –explica- viene la selección y separación del material recolectado. Una bodega ubicada al lado del conjunto residencial El Porvenir es el punto de encuentro de los recicladores; allí a las 9 de la mañana el lugar se mueve al ritmo de los recuperadores ambientales que descargan los desechos recolectados en Mosquera y algunos municipios vecinos.

“Aquí nadie puede decir que no gana,  uno recoge aunque sea para la sopa del día. Siempre nos rebuscamos para el pan diario, para comer y también para pagar los servicios”, concluye.

De regreso a casa, contempla el verde paisaje que rodea el barrio nuevo y agradece a la CAR por apoyarlo en su sueño de tener casa propia.

 

Tan solo a unos pasos del hogar de Alexander Macías está la vivienda marcada con el  número 91. Desde el interior de la casa de dos plantas se advierte la risotada de una jovencita. Es Tatiana, la nieta de Ana Lucía Rodríguez Cruz, la propietaria de una auténtica “tacita de plata”.

–Bienvenidos sigan y conocen.

Ana Lucía se dirige a la cocina para preparar un café mientras empieza el relato de su nueva vida en El Porvenir. La sonrisa de Tatiana y las travesuras de Luna, una gata que salta desde la nevera a la estufa, sirven de decorado a las palabras de esta abuela con las cuales se corrobora que toda la felicidad del mundo cabe en los 52 metros cuadrados de su vivienda.

“Yo vivía en un ranchito de latas y duré treinta años allá. Bueno, el deseo de mi difunto esposo era tener una casa bonita y aunque él no pudo verlo yo he tratado de cumplir su sueño”, asegura.

El recuerdo de su compañero, quien murió en 2015, parece aprobar sus palabras desde una solitaria fotografía pegada en la pared, al lado de una estampa de la Virgen del Carmen, advocación depositaria de la fe de la señora Ana y su nieta Tatiana. 

“Yo lo extraño pero creo que él viene a visitarnos. Hablo con él en sueños y me dice que está bien”. Fueron más de 35 años juntos. Hace una pausa, calla, pero sus ojos verdes se dilatan, quizá expresando que añora a su marido. La abuela  ahora nos invita a conocer el resto de la vivienda. Lleva sus pasos por las escaleras que conducen al segundo piso, un lugar impecable, oloroso a fragancia de pino y decorado con un cuadro gigantesco del Sagrado Corazón de Jesús.

La nieta no para de hacer oficio, habla poco, pero asiente todo el tiempo lo que dice la matrona de la casa. “Acá vivimos muy bien, allá era muy peligroso y a mí me preocupaba mi muchachita. En esta casa tenemos mucha calidad de vida”, relata; luego se asoma a la ventana para maravillarse con la vistosa policromía que ofrecen las ropas recién lavadas y que cuelgan en los tendederos de los patios vecinos.

“El cambio es extremo. ¡Imagínese! pasar de un ranchito a una casita de estas, es una bendición de Dios… allá siempre que llovía, le tocaba estar a uno pendiente: ¡ay! que se mojaron las cosas, corra pa´ allá y corra pa´cá con ollas para las goteras. Aquí no importa que llueva, una  duerme más tranquila”.

Ana Lucía asegura que “empezaron de cero en la nueva residencia”. Solamente llevaron unos colchones, unos peluches que dormitan  sobre la cama de Tatiana y una  vieja muñeca  coja que parece hacer equilibrio sobre la mesita de noche, al lado de los perfumes y cosméticos de los que se sirve la jovencita para reinventarse cada mañana.

Ha pasado una hora y, a manera de despedida, abuela y nieta nos invitan al jardín, donde un ejército de plántulas de cartucho rematadas en flores blanquecinas, son otro de los motivos de orgullo de Ana Lucía y Tatiana. Es media  mañana, ha terminado la visita para conocer esta urbanización donde se respira optimismo y esperanza. Abuela y nieta  se persignan para salir de casa a iniciar sus labores como orgullosas recuperadoras ambientales.

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