Nuevo Fúquene la vereda macondiana, testigo de la historia de la Laguna

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hace 4 meses


Tránsito Salas enciende el fogón y sobre los carbones crepitantes, surge una bella danza de siluetas azules y naranjas. Mientras se calientan el café y la aguapanela, algunos vecinos de la vereda Nuevo Fúquene, se detienen para probar las bebidas calientes, de camino a las labores de campo en las verdes praderas que bordean la majestuosa laguna.


La señora Salas, nacida en esta comarca, se dedica a la venta de tintos, arepas y mazorcas. Nos cuenta que su vida está ligada a lo que pasa en la laguna. «Yo he vivido acá en Nuevo Fúquene toda la vida. Primero trabajaba cuidando niños, pero desde el año 2011 -cuando hubo la inundación- vendo comidas y artesanías».  Ella es una de las doscientas personas inscritas como vendedoras de canastos y cestas de junco y elodea que extraen del cuerpo hídrico de más de tres mil quinientas hectáreas de extensión.


Antes de la temporada de lluvias del 2011 que se tradujo en el desbordamiento de la laguna, Tránsito dependía del sustento de su esposo quien trabajaba en un hato lechero; «él perdió el trabajo y fue cuando abrí el negocio», recuerda. En sus ojos hay nostalgia por los buenos tiempos anteriores al embate de la naturaleza que desató sus fuerzas aleatorias en el primer trimestre del 2011. Las fincas se inundaron, las reses enfermaron y ella tuvo que vender tres animales por un ínfimo precio de 300 mil pesos. Se quedaron y emprendieron un nuevo negocio con la venta de comida y artículos elaborados en elodea. “Pues uno se queda porque quiere mucho su laguna y acá está la historia de nosotros”, sostiene Tránsito, quien da sus razones confiada en un mejor porvenir .


Mucha historia en 94 años


Muy cerca de la venta de artesanías de Tránsito está la casa de Luis Neusa, el habitante más longevo de la comarca. Tiene 95 años -la misma edad de la preciosa basílica del municipio de Ubaté- y una memoria privilegiada. Recuerda los días de construcción del caserío de Nuevo Fúquene con su templo y el colegio mixto, y cinco carreteras veredales, obras que él lideró durante cinco lustros como presidente de la junta de acción comunal.


Luis, un don de buenas maneras, decide acompañarnos hasta la iglesia del gracioso poblado. Se despide de Componente, su perro; y de Negro, su gato; compañeros inseparables desde que falleciera su esposa. «Esta es la escuela de Nuevo Fúquene que yo inicié de la mano del presidente Carlos Lleras Restrepo, por allá en el año setenta y con apenas 300 mil pesitos», señala mientras se acomoda su sombrero de paño. Desde una vieja radio nos llega, en arpegios de tiple, una música pretérita y sencilla; es la carranga, aire que don Luis bailó siendo muy joven y que aprendió de sus padres campesinos.


«Aquí la gente se ubicó luego que un cura diera la idea de trastear el pueblo. Lo pensado era aprovechar la llegada de tanto turista. Hubo muchos problemas, hasta le dieron muy duro al curita». Luis y un puñado de campesinos se quedaron cerca de la laguna para dedicarse a la realización de artesanías. Él fue el pionero en el arte de trenzar los bejucos hasta convertirlos en esteras, canastos y cestas, una labor que ha liderado desde su juventud. «Aquí yo me inventé el canasto de junco, aquí hice mi vida, tengo doce hijos, y entre nietos y bisnietos son sesenta. Por eso yo quiero mucho mi región».


Nos detenemos frente al templo que él ayudó a levantar. «Mírelo tan bonito. Aquí se casa gente y le hacemos entierro a los de la vereda». La iglesia es única, tiene vista a la laguna y no cuenta con campana porque -según dice del señor Neusa- en un episodio de novela uno de los vecinos decidió quedarse con la apreciada pieza de bronce, hecho por el cual existe una demanda.


Agrega que siempre ha sido un líder que profesa una intensa devoción por el extenso cuerpo de agua, al punto de que es integrante del comité de trabajadores de la laguna de Fúquene. Sus ojos que parecen aceitunas vieron la transformación del territorio desde los años en que era testigo del paso de trenes repletos de turistas que llegaban para conocer el mar de agua dulce.


La siguiente parada es el túnel. Terminado en 1926, según la inscripción conservada en el cemento, un año después de que naciera el señor Neusa, un lugar al que siendo muchacho salía para ofrecer bocadillos a los turistas. Al fondo, Julio Pachón, joven oriundo de la zona contratado como operario de la máquina Water Master, se alista para iniciar sus labores. El motor de la maquina ruge, a la par con el resto de retroexcavadoras y equipos anfibios de última tecnología adquiridos por la CAR para recuperar la laguna. «Lo importante es que hagan rendir la platica, y se ve que están trabajando; no como antes.

Si es que hasta los rieles se llevaron, porque acá ha habido mucho avivato»”, indica Luis Neusa mientras observa el espectáculo maravilloso del vuelo simétrico de las águilas cuaresmeras.


Los recuerdos del nonagenario fuquenense continúan en su cascada y no todos son felices. «Aquí en la laguna hubo una  tragedia grave  cuando yo estaba chiquito. Se volteó un barco que llevaba gente para donde el Jetón Ferro. Eran turistas que vinieron a ver las carreras de regatas y hubo como veinte muertos»”. Luis no se detiene en detalles pero el hecho ocurrió y marcó a los habitantes de la región.

Los archivos de la época, que se preservan en el cercano municipio de Ubaté, dan cuenta del naufragio de una embarcación de turistas sucedido el 13 de diciembre de 1936 -Luis apenas tenía diez años-. El dato trágico fue de 14 personas fallecidas. Muchos turistas no regresaron y los canoeros atemorizados decidieron no volver al negocio de trasportar pasajeros.


Seguimos los pasos rápidos de Luis hasta la que 35 años atrás fue la estación del ferrocarril de Fúquene. Hoy solo quedan cuatro paredes herrumbrosas. Comenta que le llegan muchos recuerdos. Luego calla, pero aquí hasta las cosas hablan, como si el pasado encontrara caprichosas metáforas para contarse. El socavón, el sendero donde alguna vez hubo rieles, la planicie que alguna vez estuvo cubierta de aguas cristalinas y la casucha -otrora refugio de centenares de turistas-, son imágenes contundentes que reclaman el esplendor perdido y nuestro invitado lo refrenda con sus palabras.


«Esto tiene que ser como antes, imagínese de nuevo ver a las gente llegando en los trenes y los veleros que llevaban turistas hasta la isla del Jetón Ferro. El agua de la laguna que hacía olas y llegaba allá hasta la cordillera».


Ha terminado la visita a Don Luis, quien retorna a su casa enmarcada por centenarias  cercas de piedra. Sus cinco  conejos  y sus treinta gallinas se alborotan en el patio de la casona,   oloroso a tierra  y donde descansa una vieja bicicleta.


« ¡Hasta pronto muchachos!… nunca olviden el camino y vengan a visitar al viejo».

 

 

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