Un legado curtidor que trasciende en el tiempo gracias al compromiso y al cuidado del medioambiente

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Villapinzón, Cundinamarca, 12 de noviembre del 2020

Hace más de 60 años, en Villapinzón, al norte de Cundinamarca, allí en donde nace el río Bogotá, inició una historia de emprendimiento que hoy es ejemplo de producción limpia.

Allí, en medio de los tesoros naturales, del páramo de Guacheneque, de la vida que se multiplica gracias al agua que calma la sed de 46 municipios del departamento y de parte de Bogotá, don Flaminio Fernández dio comienzo a una curtiembre de pieles que ya llegó a la tercera generación.

Don Flaminio fue uno de los pioneros en esta industria en la zona. Sin mayores conocimientos técnicos, realizaba el trabajo con sus propios pies y ayudado de mimosa, un extracto vegetal que servía para aceitar las pieles. El proceso podía tardar hasta 15 días, ya que no se utilizaban químicos.

Con los años, este pionero se fue convirtiendo en un experto y poco a poco le fue entregando a su familia un legado y una visión: ser cada día mejores.

De esta manera, su hijo, Édgar, fue quien tomó la batuta luego del fallecimiento de don Flaminio, y comenzó a tener una mirada diferente sobre el trabajo que aprendió de su padre.

“Mi padre sacó adelante a su familia en compañía de mi mamá, Consuelo. Aunque tuvieron momentos buenos, hubo también días difíciles; en especial, porque por varios años, no contamos con permisos ambientales para curtir. Estos procesos inadecuados contaminaban el río Bogotá; pero realmente era por ignorancia, pues no sabíamos cuál era la manera adecuada y nos detuvimos por muchos años”, comenta Édgar.

No obstante, el empeño de la familia por sacar adelante el legado de don Flaminio y por aprender cómo no contaminar más el importante afluente, los llevó a pensar en reinventar el negocio.

“Nos dedicamos a reestructurar y a hacer el trámite de vertimientos. Fuimos conscientes de que no podíamos iniciar ninguna actividad hasta no tener los permisos. Una vez los tuvimos, construimos la planta de tratamientos de aguas con todos sus accesorios”, señala.

El legado avanza

El legado familiar ha sido tan fuerte, que ya llegó a la tercera generación, momento que ha servido para investigar nuevos procesos, innovar y mejorar las técnicas de la curtiembre.  

De esta manera, los cuatro hijos de Édgar, quienes ya son profesionales, están involucrados en el negocio familiar y comprometidos con el cuidado del río Bogotá.

“Empezamos a participar de las jornadas de capacitación en ‘Producción más limpia’ de la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca. También participamos de intercambios de experiencias a nivel nacional y hasta internacional. Así, la curtiembre cambio de rumbo”, señala Édgar, con el orgullo de saber que está honrando el recuerdo de don Flaminio, su padre.

Ricardo, uno de los integrantes de la tercera generación, tiene 28 años y culminó sus estudios en Finanzas y Comercio Internacional. “Mi familia hoy es de seis miembros y cada uno ha tenido un papel importante. Todos estamos comprometidos, especialmente mi hermano Fernando, quien es el líder de esta lucha diaria”, afirma.

Así, Ricardo y Fernando -quien es zootecnista¬- han viajado por el mundo conociendo procesos de curtiembre en países como Brasil y Perú, con el fin de que su negocio sea reconocido y sostenible ambientalmente.

También han cumplido paso a paso sus obligaciones legales y han sacado sus permisos de vertimiento, a tal punto que hoy tienen una planta autosuficiente.

“Sabemos que en el pasado pudimos haber cometido errores por no tener todo el conocimiento y acompañamiento, pero hoy queremos hacer pública nuestra historia para mostrarles a los demás que sí se puede”, comenta orgulloso Ricardo. 

El empresario, que hoy es ejemplo de cómo sí existe la sostenibilidad, señala que: “Queremos que nuestra curtiembre sea amigable en todos los aspectos; que no genere olores desagradables. De hecho, queremos que universitarios vengan y nos visiten para mostrar lo positivo que hemos hecho. Que vean el proceso industrial completo”.

Esta familia, a partir del trabajo duro y del acompañamiento de entidades como la CAR, le asegura al resto de su gremio que, aunque el proceso no se hace de la noche a la mañana, sí es posible llevarlo a cabo.

“Exportar es nuestro anhelo”, finaliza diciendo Ricardo, quien junto a sus hermanos Fernando, Brayan y Dayana, hoy conforma la empresa Fernández González Comercializadora SAS, recordando el apellido don Flaminio, aquel patriarca que inició este legado que hoy es la demostración de que el desarrollo sostenible sí es posible.

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